miércoles, 13 de diciembre de 2017

Nos quitaron el tiempo 2/4

Entonces la Oscuridad tuvo celos,
pues en su esterilidad ella no podía crear nada,
sino solo producir un efecto maligno y de discordia
en todas las criaturas de la creación.

Intentó la Oscuridad apropiarse de la creación de la Luz
así ella, incapaz de crear hijos,
llenó de su maldad a los hombres.                                                                                                                                      
Ella se filtraba en los débiles pensamientos del hombre
y gracias a una humana, 
que había encontrado uno de los Libros de Poder,
heredados a los hombres mortales por los dioses,
logró apoderarse de uno de los Libros,
pero uno no era suficiente para poder apoderarse de todo.

Los dioses, al descubrirse derrotados por la maldad,
abandonaron a los hombres mortales y partieron al exilio
para encontrar respuestas y guía de su Padre.
                                              
Entonces conocieron los hombres el vicio, la guerra y el mal,
solos y confundidos, imploraban a los dioses para que regresaran
aún después de siglos de su partida,
pues se sentían vacíos, llenos de dudas e insatisfechos.

Para los hombres más ilustres quedaba claro que la respuesta
sería hallada tras encontrar el Libro de la Luz.
Y cuando quisieron encontrar de nuevo su voz, la voz del Padre,
la voz de los hijos, esta había sido silenciada,
pues la Oscuridad así lo había dispuesto.

Y llegaría el momento en el que,
luego de superar a la Oscuridad, los hombres,
mediante la razón, reencontrarían la voz del Libro,
al hacerlo, lo liberarían de la Oscuridad.
Pero entonces, los hombres,
enceguecidos y agobiados, olvidaron su misión.

Y el libro quedó abandonado.

***

Registro de las memorias del humano Sócrates.

Ha llegado a mí el poder de los dioses, en él he visto el poder de Zeus, el saber de Apolo, la fuerza de Atenea y un poco de todos ellos. Es una pequeña roca, parece hecha de algún mineral, tiene todo sus ángulos iguales y cabe discretamente en la mano. A veces, cuando quiere, puede cambiar de forma y evitar ser vista.
Ella piensa por sí sola, incluso adivina mis pensamientos antes de que lleguen a mí. Ella me muestra cosas, cosas que de otro modo no podría ver, pero es muy claro lo que intenta hacer. Ella quiere enseñarme y yo quiero que me enseñe. Me pregunto ¿Qué deidad superior a los dioses que conozco sería capaz de crear una cosa como esta?

Mi pequeña roca se ha salido de control, de ella me han llegado visiones infernales, me muestra cosas que no quiero saber ni ver, me susurra cosas. Quiero creer que necesito la capacidad de entender lo que me muestra para así poder cambiar las cosas. Grecia cada vez está peor y siento muy dentro de mí que puedo usar este poder para cambiarla, pero ella no me deja, se resiste a mí.

Han pasado 50 años desde que llegó a mí el poder de los dioses y he logrado entender que ya no puedo seguir viviendo, mi destino es perecer por lo que he pensado y dicho, así lo asumo. Antes de morir por mano propia he dejado al tanto de este poder a mi alumno, Platón, él tiene la responsabilidad de seguir desentrañándola, su reacción al obtenerla ha sido la misma que la mía hace tantos años. Ruego porque no lo consuma en la misma forma en que lo hizo conmigo.
Siento el amargo sabor de la cicuta deslizándose por mi garganta, ahora puedo ver más allá, mi mente viaja y se une al poder de los dioses, ahora somos uno y yo, yo no tengo cuerpo, pero ahora soy inmortal.

***

            Registro de las memorias del humano Qin Shi Huang.

El poder de los dioses es inconmensurable, es gigantesco, es apetecible y es aborrecible, es magnífico. Gracias a él he logrado conquistar todo un imperio y unificarlo. Esta pequeña roca llegó a mí hace algunos años y con ella he logrado reconocer mi destino y el destino de mi pueblo.
Ellos creen que yo soy una deidad, yo también quisiera creerlo, aunque sí estoy en contacto con un poder superior, soy tan mortal como ellos.
Esta pequeña cosa se ha introducido en mi mente y me ha mostrado cosas, cosas maravillosas, me ha mostrado el futuro y el pasado, o eso creo, he aprendido con ella a dominar mis pensamientos, a domar mis emociones, pero la furia que crece en mi es incontenible. Lo que antes era una pequeña llama ahora es un incendio que arrasa y conquista China. Todo gracias a esta pequeña roca.

Mi misión ha sido completada, he creado el imperio más grande conocido por el hombre. Ahora me dirijo a continuar mi labor sobre los confines de la tierra, la roca me llama hacia el mar, debo buscar el origen, debo hallar más respuestas a todas mis dudas, mi insatisfacción constante y las de la pequeña roca se vuelven una. Cada vez estamos más unidos y nadie sabe por qué actúo tan extraño a veces. Mis generales siempre están aterrados de tener el más leve desvío al pensar porque saben que sabré lo que piensan antes de que lo hagan.

Mi cuerpo…mi cuerpo se deteriora, pero mi mente sigue incólume, no lograré llegar a las islas de los inmortales para lograr salvarme, mi pequeña roca me lo ha mostrado, mi destino es morir y a pesar de que ella insiste en que debo transmitir lo que he aprendido no lo haré. Yo mismo he de ocultar este gran poder, solo quien sea digno lo encontrará algún día. Mientras tanto nadie sabrá como logré todo lo que logré. Ahora puedo sentir mi cuerpo fallando, mi sangre…mi contaminada sangre…mi corazón se ha detenido, y a pesar de que mi pequeña roca yace en lo profundo de la tierra en mitad del bosque la siento, me he unido a ella. Mi cuerpo está muerto, la carne se pudre, pero yo, ella y yo, ahora somos uno, ahora soy inmortal, mi viaje ha terminado.

***

Registro de las memorias del humano Leonardo Da Vinci.

Ahora estoy más convencido que nunca de que el dios del Papa, el dios de los católicos, el dios de Lorenzo, el dios de Nicolás, el dios de mi padre, no existe. Ha llegado a mí una forma nueva de conocimiento. Esta pequeña herramienta, esta pequeña roca, es mucho más de lo que aparenta, ha abierto nuevas áreas de mi pensamiento, de mi cerebro, de mi biología, cada vez siento como mi función cerebral se incrementa exponencialmente, ella y yo compaginamos extraordinariamente.
Me ha mostrado una gran cantidad de conocimiento, sus voces son ecos de recuerdos del pasado que llegan a mí y me instruyen, me hacen ver las cosas más obvias que nadie más puede ver. He sido tocado, elegido por esta pequeña cosa, tengo una remota idea de lo que es, pero no puedo estar del todo seguro, nadie ha logrado este nivel de tecnificación nunca, es impresionante. He aprendido mecánica, anatomía, astronomía, biología, algo que ella llama física, todo en unos pocos meses. Mientras más me uno a ella más entiendo todo.

Mi pequeña herramienta me ha mostrado algo nuevo, una tierra distante, allende el mar, más allá, mucho más allá de las Columnas de Hércules, un lugar hermoso, fértil, abundante y rico, ahí me dice ella que yace su Origen, quiere volver a unirse.
La estuve analizando con detenimiento buscando respuestas a su inquietud, ella misma me dijo que ella no es ella sola, sino que son algunas más, esparcidas por el mundo.

Hace ya unos años que trabajo en Roma para el papa, he estado prestando atención, no me cabe duda de que él tiene otra pequeña herramienta, la mía la ha reconocido, pero me dice que en ese estado no pueden unirse, ha sido corrompida y debe sanar para volver a ser una.

Hace unos meses estuvimos en Constantinopla, es impresionante, volvimos a encontrar un pequeño fragmento, esta vez más pequeño, lo posee el sultán, al igual que la del papa está corrompida.
La tierra es redonda, que curioso y que obviedad.

Ya me quedan pocos segundos de vida, he transmitido esta información a un gran amigo, Cristoforo. Un gran navegante. Él la usó bien, llevó a nuestra pequeña herramienta hacia su destino, en aquellas tierras, más allá de las Columnas de Hércules, iniciará una búsqueda, que puede tardar siglos. Mi pequeña herramienta no se puede unir a sus hermanas si todas no han sido limpiadas.
Ahora me estoy extinguiendo, he envejecido, pero mi alma está en paz. Alma…que extraño concepto, creo que es la única pregunta que nunca necesité hacer, no la necesito, lo sabré dentro de poco…Ah sí, ahora lo veo…allá está…el Todo, la Nada, mi cerebro…mi cuerpo humano, este saco de carne se extingue pero yo, yo sigo igual de vivo, ahora veo claro, me he unido a ella…ahora somos uno y puedo ver y estar y ser con claridad, soy inmortal.

***

Registro de las memorias del humano Moctezuma Xocoyotzin.

He heredado de mi tío, al fin, su secreto, él tenía el poder de los dioses en una pequeña roca. La pequeña cosa piensa, susurra cosas, pero solo a quien quiere, ella me ha mostrado algo terrible. Nuestro tiempo terminó, he de preparar a mi pueblo para el regreso de nuestro dios, así me lo ha dicho la pequeña roca, es lo que entendí. Me dijo que no es lo que esperábamos, pero que sería nuestro fin, el fin de nuestro imperio como lo conocemos pues nuestro ciclo en la tierra termina para que pueda dar inicio otro.
No he de marchar tranquilo y convencido, lucharé hasta mi muerte, mi pueblo no se rendirá tan fácil.

Han llegado noticias de los hombres blancos que llegan en sus casas flotantes, mi roca me dice que son barcos, naves, carros que tienen la capacidad de moverse en el mar. Que increíble momento para vivir, a pesar de que signifique nuestra extinción. Ellos ya vienen, así lo he visto, he visto lo que pasará de ahora en adelante, he de luchar y morir luchando, igual mi primo, igual nuestra descendencia.
He visto como ellos se apoderarán de todo, pero todo será para poseer un futuro brillante. Al fin entendí que los sacerdotes son unos farsantes, todo es una farsa, el verdadero dios es este conocimiento, gracias a él hemos podido avanzar.

La guerra fue terrible, me debato entre la vida y la muerte, mi destino está ligado ahora a estos hombres blancos terribles, en especial a Cortés. El terrible Cortés.
No tengo un sucesor, la pequeña roca está sola. Moriré y ella podrá desvanecerse como siempre lo hace y perderse.

Mi cuerpo se desangra y mi carne se rasga, mi pueblo está enfurecido y me acusa, ¿quién podría negarlo? Pero ellos no entienden, esto debe pasar así. Mientras más estoy cerca del final más puedo entender que la pequeña roca llegó a mí para tomar las decisiones correctas y a pesar del poco tiempo que llevamos juntos hemos alcanzado una gran afinidad. Todo está terminando para mi cuerpo mortal…cada vez puedo ver con más claridad…veo luz…una gran luz…no es la luz del dios…es algo más…es infinito…a medida en la que mi cuerpo sucumbe ante mi alrededor y se aflojan mis nervios me siento más vivo. He traspasado el umbral…mi mano se ha abierto, puedo ver a la pequeña cosa rodando desde mi mano y desvaneciéndose, nadie puede verla, ella rueda y rueda, todos la tropiezan y nadie la ve, ella está buscando, siempre ha buscado… mientras yo…ahora entiendo…soy inmortal.

***

Nos quitaron el Tiempo 1/4

En algún lugar de la realidad…y el tiempo…
            Las alarmas y el ruido de lo que quedaba del SDO-Singularität rompieron, una vez más, el silencio y la imperturbabilidad del espacio al salir del hiperespacio. Sus restos se seguían extendiendo a través de la Realidad conocida mientras huía con sus tripulantes y su valioso tesoro.
En la Sala de Guerra la voz de la nave realizaba los informes rutinarios sobre lo que ocurría afuera mientras ellos, Los Cinco que aún conservaban su misión original, seguían debatiendo qué hacer ahora que estaban atrapados mientras los droides iban y venían intentando reparar la nave y los aparatos seguían chillando descontrolados.
– ¡¿Qué haremos ahora, Wotan?! ¡La nave está destrozada!
– ¡No lo sé! ¡Te juro que no lo sé! ¡Ya nos quedamos sin ideas, sin respuestas! ¡SIN NADA!
– Llevamos escapando durante…que idiota, ni siquiera sabemos cuándo estamos.          
– ¡Pensé que sabías lo que hacías cuando escapamos! ¡Ellos! ¡Ellos tenían que haberte dicho! ¡¿O FUE UNA TRAMPA?! ¡¿NOS TRAJISTE HASTA AQUÍ PARA MORIR?!
– ¡SABES MUY BIEN QUE NO, VISNÚ!
– ¡ENTONCES QUÉ SE SUPONE QUE HACEMOS AQUÍ! ¡¿QUÉ SE SUPONE QUE DEBEMOS HACER AHORA?!
– Sus peleas no van a resolver nada, se los aseguro y ella…ella tampoco. Ya no escucho su voz…quizás haya muerto o ya estamos demasiado lejos de su alcance… Por lo que sé, este podría ser el fin y podrían apoderarse de ella…Nuestra única esperanza yace en que alguna sonda regrese con información útil.
Todos parecieron considerar la esperanza de las sondas lanzadas hace tantos siglos pero la voz de la nave los interrumpió mientras el Singularität seguía saltando a través del hiperespacio:
– Señor, hemos detectado un objeto masivo saliendo del hiperespacio, es el Todesengel.
            Las alarmas cesaron. Todos corrieron hacia el puente donde los droides seguían conectados a la computadora matriz de la nave. Entonces observaron el impecable e imponente superdestructor que llegaba para aniquilarlos.
– ¿En dónde estamos? ¿Qué tenemos cerca? –Preguntó Wotan.
– La Galaxia de Apohis, señor.
– ¿Hay algún agujero negro? ¿Alguna estrella?
– Una enana blanca agonizante, señor. Tiene fuerza suficiente para fundir todo en la nave.
– ¿Qué intentas hacer, Wotan? – Preguntó Visnú.
–Destruirnos. Si ya llegamos hasta aquí sin respuestas ya no tenemos nada que perder, pero no pretendo marchar hacia la oscuridad solo, si somos destruidos y ella con nosotros, ellos también. Todo acabará en un segundo. ¿Nadie se opone?
Todos se vieron entre sí y negaron levemente con la cabeza.
– Bien, –dijo Wotan– Singularität, dirígenos a la estrella. Nosotros vamos a sacar la computadora de la bóveda.
Marcharon hacia la bóveda central de la nave y, una vez en la puerta, todos pusieron sus artificiales manos sobre los lectores de reconocimiento. Era curioso ver una mano azulada y fuerte, junto a una con dedos faltantes, otra más humana y regordeta. Cinco pares de manos para poder sacar el máximo tesoro de su acorazada protección, para traerla de nuevo a la realidad conocida y asegurarse de morir junto a ella, su único motivo de ser. La misión falló.
Podían escuchar el impacto de los láseres sobre el ya deteriorado casco de la nave. Corrieron con su tesoro hacia el puente donde pudieron ver a la gastada Todesengel en su paso inexorable, a toda velocidad, sobre ellos.
– Singularität, ¿tenemos algo con qué disparar aún?
– Aún quedan algunas cargas, señor. ¿Qué tiene en mente?
– Distráelos con lo que puedas mientras los dirigimos hacia la estrella.
– A la orden.
La nave seguía su curso hacia la cada vez más cerca y mortal estrella, desvaneciéndose sobre sí misma.
Solo podían contemplar la belleza y profundidad del espacio, de la realidad agonizante, cayendo sobre sí misma como debía ser. El Fin había llegado de todos modos sin nada ni nadie que pudiera impedirlo. Así pensaban sus perseguidores y así pensó Wotan, junto con Visnú, Buda, Izanagi y lo que quedaba del pobre Thot. Sus ojos de silicio refulgían al percibir la inmensa belleza que había en la destrucción final. Se pensaron muertos, se pensaron sin salida, quizás empezaban a sentir paz cuando su respuesta llegó en la voz de la nave.
– Señor, una de las sondas acaba de salir del hiperespacio.
            Todos quitaron la vista de la estrella y se vieron entre sí mientras la nave seguía hablando.
– Según la información que transmite logró encontrar el Origen, la fecha exacta y las coordenadas. Los resultados son concluyentes: la computadora registra una gran cantidad de energía y conexión con la red además de detectar un rastro de vida orgánica.
– ¡¿Dónde?!
– Bueno…es complicado, mis registros indican que en ese cuadrante no existe nada, pero la sonda indica que hasta hace algunos miles de años existió una galaxia: la Galaxia número 00001, de ahí es de donde viene, en ese preciso lugar, en ese preciso momento.
-La Vía Láctea…dijo Visnú.
Entonces Wotan se levantó eufórico y se acercó al panel principal del puente de mando, en él hizo aparecer el mapa holográfico de la realidad en donde la nave señalaba el punto que indicaba la sonda.
– ¡Singularität! ¡Corrige el curso de la nave! ¡Llévanos hacia allá! ¡Ese ha sido nuestro destino desde hace millones de años!
– Señor, ¿qué hacemos con el Todesengel? –Preguntó la nave.
– Ya ellos no importan, si logramos encontrar el Origen y regresamos ahí la computadora tomará el control de nuevo y será indestructible. Dirige el curso hacia la Vía Láctea en la fecha que indica la sonda, nos vamos a casa.

***

Así habló san Evaristo:

En aquel tiempo, al Principio, no había nada, ni siquiera Oscuridad.
Entonces, de repente, se hizo la Luz 
y con la Luz llegó también la Oscuridad,
de aquella manera tan repentina comenzó Todo 
y de la misma manera volverá, en algún momento, a haber Nada.

Y así se formó el Universo, y la eterna lucha.
Disputaron durante eones. Mundos surgieron y cayeron.
Luz y Oscuridad, cada una elegiría a sus mejores guerreros.
                                          
Pero entonces la Luz dio origen a su hijo,
aquel que la empleó para organizar el Todo.
Y fueron muchas las pérdidas, pero al fin hubo orden
y el caos de la Oscuridad fue exiliado por el hijo.

Aquel hijo único, el hijo Supremo se convirtió en Padre         
y tuvo, a su vez, descendencia en cada uno de los mundos                                       
que habían sido creados a partir de la Luz.                                                        

Doce hijos tuvo el Supremo, a imagen y semejanza los creó 
y todos tuvieron conciencia.
Entonces dividió el Supremo sus mundos entre sus hijos,
todos particulares e igual de hermosos.

Sus hijos, nuestros dioses, custodian la Creación
y él los vigila desde su omnisciente existencia desde la luz.

Entonces, el Supremo creó un último gran mundo,
su obra predilecta, aquella que causó gran discordia entre sus hijos,
ellos se debatían para reinar, guardar y guiar ese gran mundo.

Pero este mundo no debía tener soberano
pues lo que yacía en él no debía ser domesticable.
Debían reinar en él las dos esencias de la creación, Luz y Oscuridad.
Ellos, en su naturaleza, fueron creados para custodiar la Creación.

Así que los Doce hijos, obedeciendo a su Padre,
se repartieron la Tierra entre ellos
y cada uno educó y guió a un grupo de hombres
con ayuda de sus propios Libros de Poder
creados por ellos a imagen y semejanza del Libro de la Luz.

Había forjado el Supremo un artefacto, en él depositó Todo.
Depositó la esencia de la creación, depositó el conocimiento,
la naturaleza de la vida y la conciencia.
Todo cuanto necesitarían los hombres mortales para vivir.
Creó el Supremo el Libro de la Luz y lo enterró en lo profundo de Midgard. 

Los vivos lo cuidan.

***

La Tierra, hace millones de años, antes de la expansión del ser humano y La Computadora en la Realidad.

Lo que quedaba del SDO-Singularität salió del hiperespacio justo sobre la atmósfera de la Tierra. En su salida tan brutal, ya sin casco y sin escudos, sus restos se precipitaron hacia la tierra en una caída de varios miles de kilómetros por hora mientras se incendiaba. La nave atravesó varios cientos de metros de superficie hasta que al fin se detuvo hirviente e inutilizable. La computadora volvió a la vida y de nuevo se escuchó su murmullo, ellos de nuevo la escucharon. Volvieron a sentir y sus mentes volvieron a estar unidas, ya no hubo más secretos entre ellos y entonces entendieron cuál era su misión.
Había que empezar de nuevo.
Allá afuera, en el espacio, el superdestructor Todesengel se volvía a esfumar en la realidad y dejó de formar parte de ella una vez más y sus tripulantes con él.
Unidos por la mente y separados en sus artificiales cuerpos Los Cinco que quedaban separaron La Computadora en fragmentos más pequeños que guardó cada uno, dejaron la matriz en lo profundo de la tierra junto a la nave y vagaron por el mundo. Llegaron hasta sus más recónditos confines, buscando el Origen, buscando la singularidad, aquello que había rastreado la sonda y que los había llevado hasta ahí.
Nunca perdieron la esperanza hasta que un día, Thot, vagando por las llanuras, se topó con una especie orgánica particular, distinta a las que había visto antes, estaba erguida en dos patas, cazaba, hacía unos sonidos muy curiosos y parecía tener memoria. Fue entonces cuando La Computadora comenzó a brillar y hacer sonidos. Enlazados por la conciencia, Los Cinco y La Computadora, determinaron cuales eran los siguientes pasos para poder seguir avanzando.
Seleccionaron al mejor grupo de criaturas, los estudiaron, vieron dentro de su mente, los comprendieron y poco a poco comenzaron a intervenir en su biología y su código genético haciéndolos evolucionar cada vez más, a un ritmo al principio lento y que luego sería exponencial, los adiestraron, les dieron herramientas y los enseñaron a razonar. Poco a poco las criaturas formaron su propia conciencia individual, era su primer estadio autónomo y, sin saberlo, al pensar, volvían cada vez más poderosa a La Computadora que se alimentaban de ellos y ellos de ella. Los Cinco no dejaron una impronta de su propio pensamiento en ellos, pero cuando vieron que sus cuerpos deteriorados eran cada vez más innecesarios y cuando se dieron cuenta de que cada vez se volvían más uno con La Computadora, decidieron dejar en ellos el recuerdo. Solo el recuerdo bastaría para que ellos pudieran completar su misión.
Solo algún tiempo antes de irse y completar su trabajo, Los Cinco se volvieron a separar por el mundo y escondieron cada uno en un lugar secreto su fragmento de La Computadora, pues sus criaturas debían demostrar que eran dignas de su conocimiento y su capacidad cuando llegara el momento, si de verdad eran dignos, si de verdad habían cumplido su misión, los fragmentos serían encontrados y utilizados.
             A las criaturas las llamaron hombres, y por su naturaleza finita, a diferencia de La Computadora, los llamaron mortales. Ellos conservaron el recuerdo de los dioses que los crearon y les enseñaron a pensar y a entender el mundo, a ellos les debían todo cuanto sabían. Entonces, cuando los hombres estuvieron listos, Los Cinco se despidieron de ellos y se unieron a La Computadora, el gran poder de los dioses, esperando su regreso y perpetuando entre ellos la historia, luego el mito, luego la leyenda, luego la simple idea de que ese gran poder divino que había creado a la humanidad existía y que era posible encontrarlo en la Tierra. La Computadora pasó siglos cambiando de nombre y de formas.

***

miércoles, 9 de agosto de 2017

Estudio comparativo de la retórica del amor místico en San Juan de la Cruz y Rafael Cadenas.

    El amor, como siempre el amor, o quizá el desamor, inspirando al ser humano desde que el mundo es mundo y desde que el hombre es hombre. Ha inspirado cientos de almas a producir muchas de las más grandes obras de arte que se han visto en todo toda la historia. Ha guiado al hombre a crear y a destruir. Está tan arraigado en el ser humano que ha ido cambiando de concepción así como va cambiando la forma del hombre de ver el mundo que le rodea. Desde el nacimiento de dos hermanas griegas: una púdica, casta y virginal y otra impúdica, arrojada, pasional y orgásmica, hasta el amor del Padre. De este último versa este trabajo.

    Durante el famoso siglo de oro de la literatura española, el siglo de Carlos V, los hombres también fueron influidos por el amor, por un amor que quedó como resabio de las viejas novelas de caballería y que en ciertos casos, muy específicos, como el que trataremos, el de San Juan de la Cruz, fue atravesado por el amor del Altísimo, el amor de un clérigo por el Creador.

    El amor guía poetas como San Juan de la Cruz o Rafael Cadenas a producir creaciones literarias particulares como la poética de corte místico, a pesar de que los separen 500 años de sucesos y secularización los une el lazo del amor trascendental que busca refugio en palabras dedicadas con pasión y que busca una experiencia sensorial que escape del cuerpo y trascienda en algo más, algo distinto.

    En el caso de la mística española de San Juan existen una serie de procedimientos retóricos y lingüísticos que dan cuenta de un fenómeno individualísimo del ejercicio creativo del poeta que concatena su vida religiosa con su escritura. Pero para un místico como San Juan la palabra es un instrumento que incluso llega a ser de poca monta en comparación con la experiencia que se busca, según Rougemont (1945. p. 145.) “el lenguaje de los místicos no podía ser confundido con la naturaleza profunda de la experiencia que han vivido”.

    Esto indica que el ejercicio de San Juan busca dejar constancia, a través de un ejercicio retórico, de la experiencia mística del amor del Padre transferido a su cuerpo para intentar demostrar a través de la lengua un aproximado verbal que demuestre la magnitud de tal trance, esto no tiene nada que ver con la búsqueda consciente o intencional de una forma poética o de unos usos lingüísticos. Pareciese que la maestría del uso del lenguaje es solo una consecuencia más de la experiencia mística amorosa que lleva al poeta a intentar pasar por escrito todo aquello por lo que ha pasado aunque no existe verbo ni grafía suficiente en este mundo para describirlo a plenitud. El mismo Cadenas (2017) afirma que:

                 Los místicos desdeñan la palabra —aunque hay algunas excepciones— pero suelen usarla                    con maestría. Muchos de ellos son escritores imprescindibles. ¿Entonces por qué desaman                  el instrumento del cual se sirven para la transmisión de su experiencia? Después de todo, el                  lenguaje también nos es dado: naturaleza y cultura se alían para ponérnoslo en la boca.                        Recuérdese asimismo que no es muy peligroso desdeñar.

    El amor del Padre en San Juan es reflejado a través de imágenes de corte fantástico o idílico, que buscan generar en el lector las sensaciones de aquella experiencia sobrenatural que atraviesa a través del uso de un lirismo profundamente expresivo que no se detiene en dudar el uso de cierto tipo de usos del lenguaje, da rienda suelta a su vocabulario y de cuanto tiene a la mano para poder generar la empatía en el lector y estimular su imaginación:

                                                         Mi Amado, las montañas,
                                                         los valles solitarios nemorosos,
                                                         las ínsulas extrañas,
                                                         los ríos sonorosos, el silbo de las aires amorosos

                                                              La noche sosegada
                                                         en par de los levantes de la aurora,
                                                         la música callada,
                                                         la soledad sonora,
                                                         la cena, que recrea y enamora.

    El verbo y la retórica de San Juan, convertido en la esposa, en el alma, que persigue a su Esposo, a Dios, nos demuestra a través de una profusión de imágenes mentales contradictorias un torbellino de pensamientos e imágenes que vienen a él como marca de aquel suceso sobrenatural que ha experimentado al ser tocado por el amor más puro y divino de Dios. El Altísimo se convierte en el
esposo al que anhela el alma, la esposa, ella lo desea y ansía ser amada por él, busca ser llevada a nuevos niveles de entendimiento por medio de su grandísimo amor. La divinidad que encuentra el poeta en el amor del padre se manifiesta a través de una expresividad en la que “cada imagen y hasta cada palabra se halla tan cargada de lirismo que ello produce por si solo una tensión emocional y estética infinitamente superior a la que suscita el resto de la producción poética de la época” (González, Labajo y Urdiales. 1967. p. 11)

    Por su parte, Rafael Cadenas, quinientos años después, es capaz de demostrar que el movimiento de la mística poética, además de persistir, lo hace a través de poetas que se dedican a realizar otro tipo de experiencias que ya no están involucradas directamente con Dios o con una experiencia literaria. La voz poética de los místicos de nuestros tiempos como Cadenas pueden elegir casi cualquier cosa para convertir en el ser amado perseguido, en el ser místico portador de la experiencia sobrenatural.

    Para Cadenas, en su poema Amante, este amado o amada nunca queda claro, el poema goza de un lenguaje privilegiadamente ambiguo que nos lleva a pensar que aquello que porta la experiencia mística puede ser cualquier cosa que tenga el poeta en la mente, a través de un proceso casi hermético en el que las descripciones hechas no revelan la verdadera intencionalidad del poeta. Isava (1994) plantea que “Cadenas parece reconocerse inmerso en el campo de fuerzas del lenguaje, renunciando a la pretensión de su ‘dominio’ retórico”. Se deja llevar por su acción poética y por su amor al lenguaje. Es la lengua misma la que para Cadenas se convierte en su amada y poseído por ella, convertid en su musa, deja fluir todo lo que este lleva por dentro gracias a ella dedicándole versos enteros en los que la reconoce como su amante:

                                                         Ella, el amante, el anotador
                                                         (ningún calígrafo,
                                                         un artesano)
                                                         se dan
                                                         al juego
                                                         perenne.

    Ella es su guía, él su siervo, el que cumple con todos los deseos de ella que transmite su multiplicidad retórica para ser sembrada en el papel a través de grafías que pasan a existir en el mundo solo por su mano, la del poeta. En este poema, quizá la mayor síntesis de la obra de Cadenas, se presentan:

                   […] una extraordinaria plenitud tanto en el aspecto existencial como en el discursivo.                          Aquí se alcanza la liberación […] a través de un proceso de despersonalización de la                            escritura que se logra gracias a al recurso a las voces poéticas que se entrelazan, se                                apagan, se mezclan se confunden, sin posibilidad alguna de identificación, de identidad.                      Se rehúye así toda alusión a una situación psíquica de cualquier índole. La plenitud reside                    pues, más que en la individualización, en la entrega; por ello se es amante. (Isava. 1991.                      p. 9).

    De manera que tenemos dos versiones del mismo amor místico. San Juan y Cadenas se enfrenan al ser amado, aquel que les inunda el ser con su gloria divina eternal. Ambos se enfrentan a él y lo buscan desesperadamente a través de la poesía que es empleada por ambos para poder reconocer al otro. Ambos se pierden a sí mismos frente a sus dos deidades Dios en el caso del primero y la lengua en el caso del segundo. A través de ellas ambos logran alcanzar una despersonalización de su ser demostrada gráficamente a través de una retórica lingüística magistralmente empleada que transmite las imágenes mentales y sensoriales de la experiencia producida en ellos.

    Ambos son poseídos por un amor místico y sobrenatural que raya en la herejía en el caso de San Juan al estar presente una figura bastante particular de una posesión divina, y en el completo paganismo de Cadenas al reconocer como su amante a la lengua, no obstante trasciende por el mismo amor místico que impulsa a ambos a producir una poética que de manera intensamente expresiva y sobria y de pocos versos en Cadenas se manifiesta ante el lector.

    A San Juan no le alcanza el verbo para describir la experiencia que ha experimentado pero Cadenas reconoce de antemano que no importa cuantas palabras utilice no será capaz nunca de emplearlas para describir la maravilla de su amante. A Cadenas le basta con elegir correctamente de su acervo lo que su musa le indica para poder expresarle a ella y al mundo su retórica, su plenitud y su amor. Pocas palabras con una sobriedad impecable, con pequeños cuadros que parecieran pictóricos marcan la pauta de una gran trascendencia poética.

    Para San Juan su amor está perdido, la esposa anhelante busca a su Esposo, lo desea y necesita encontrarlo ante la insatisfacción que le ha dejado su presencia, necesita ser inundada de nuevo:

                                                            Y todos cuantos vagan
                                                            de ti me van mil gracias refiriendo,
                                                            y todos más me llagan,
                                                            y déjame muriendo
                                                            un no sé qué que quedan balbuciendo.

                                                                Descubre tu presencia,
                                                            y máteme tu vista y hermosura;
                                                            mira que la dolencia
                                                            de amor, que no se cura
                                                            sino con la presencia y la figura.

    Por su parte Cadenas siempre está a la expectativa de su amante, ella va y viene como la marea, tiene episodios de enaltecimiento y se rinde a sus pies cuando necesita ser interpretada por su amante. Cuando ella necesita de sus manos lo busca y crean arte en perfecto matrimonio místico:

                                                             Llegas,
                                                             no a modo de visitación
                                                             ni a modo de promesa
                                                             ni a modo de fábula
                                                             sino
                                                             como firme corporeidad, como ardimiento,
                                                                         como inmediatez.


Referencias:

Cadenas, R., Isava, L.M. (1991). Antología. Caracas, Venezuela: Monte Ávila Latinoamericana.

Cadenas, R. (1998). Apuntes sobre San Juan de la Cruz y la mística. 28/04/2017, de Letra Muerta. Sitio web: http://letramuertaed.com/apuntes-sobre-san-juan-por-cadenas/

De la Cruz, S.J. (1967). Antología Poética. Madrid, España: Coculsa.

Isava, L.M. (1994). Amante: Summa poética de Rafael Cadenas. Revista Iberoamericana, LX, 267-287.

Rougemont, D. (1945). El amor y Occidente. México, D.F.: Editorial Leyenda.

viernes, 28 de julio de 2017

La enferma maquinaria social y la urgencia del humanismo

             Es difícil entender hasta qué punto las artes ayudan al hombre a preservar su esencia. Es igual de difícil entender o intentar comprender desde que punto pueden ser consideradas las artes “útiles” para el desarrollo pleno de la raza humana. Hoy en día todo está completamente tecnificado, todo tiene un fin, todo tiene un propósito, todo tiene una mecánica utilitarista. Lo sublime, lo bello, ha pasado a un plano completamente superfluo o hasta lúdico, se pasa por alto sin reflexión.
              No siempre fue así.
            En los tiempos de transformación más cruciales que ha atravesado el hombre estos siempre han estado acompañados por unos complejos engranajes de elementos que los potencian y que determinan el rumbo de los acontecimientos. Como una red de interconexiones de acciones u omisiones que marcan el rumbo de la historia a partir de hechos, deshechos, pensamientos, palabras, verbo, pinceles, homicidios y gente loca, gente enferma también.
            El arte, fundamentalmente, sin él no tendríamos registro de todo lo que nos ha pasado durante tanto tiempo, gracias al arte encontramos formas de representar y reproducir. Los antiguos encontraron la forma de decir nosotros fuimos. Nosotros, lamentablemente, estamos dejando de ser así como ellos fueron. El arte, la imagen, después las palabras, y las ideas se fueron engranando y perfeccionando para dar paso a la literatura y poder emprender un camino en el que nos podemos hallar a  nosotros mismos.
            La literatura y sus hacedores más comprometidos, como Tolstoi, en su afán de darnos luces y representar la realidad, en la forma que sea, han encontrado en un período crucial de nuestra historia (s. XIX) la manera de dejar una advertencia tangible de aquello en lo que estaba mutando el mundo con tanta tecnología, organizaciones sociales construidas sobre artificios barrosos y falta de sensibilidad humana, falta de individualidad, falta de unicidad.
            El mundo en el que vivió Tolstoi fue un mundo marcado por la constante transformación de las capas sociales y de los medios de producción sobre los que era cimentada la sociedad moderna. En esa sociedad cimiento en la que vivió el autor de La muerte de Iván Ilich este pudo contemplar como la industria se abría paso dentro de la conformación misma del tejido social. Y una de las formas de darse cuenta, al igual que muchos otros, fue mediante un cuestionamiento filosófico serio sobre el carácter de la vida, la enfermedad y la muerte dentro de esa sociedad en transformación. Cuestionamiento que fue abordado de manera bastante efectiva mediante la narrativa, mediante la creación de literatura, de arte. Estos cuestionamientos pasan a enlazarse con otro instrumento particular que lograr crear una base sólida en sus argumentos a través de la ciencia: la medicina. La literatura se torna, pues, en un intento por generar un diagnóstico de los males que aquejan a la maquinaria social así como la medicina se encarga de los males fisiológicos y químicos humanos, esta literatura de Tolstoi, La muerte de Iván Ilich, va a buscar concatenar el diagnóstico médico del paciente en correlación con el diagnóstico del déficit moral de la sociedad petersburguesa:

Las observaciones médicas y las literarias de la distinción sano/enfermo son parte de formaciones discursivas que obedecen a distintos intereses del saber y producen conocimientos diferentes. Mientras que la medicina como ciencia etiológica apunta al diagnóstico, a la terapia y a la cura de enfermedades, la literatura y el arte son capaces de hacer diagnósticos estéticos sobre el estado de la cuestión en una sociedad y sobre constelaciones culturales. De esta manera, pueden hacerse enunciaciones sobre la realización y la interrelación de diagnósticos médicos en dispositivos culturales del saber de determinados estados sociales y epocales. (Bongers, 2006. p. 15)

            Así, pues, podemos observar que la propuesta, en muchas ocasiones, de literaturas como la de Tolstoi, tienen dentro de sí la intención de generar un panorama social y de cuáles son sus limitaciones y déficits morales, es una narrativa que tiende a ser profundamente crítica y filosófica a través de procesos de interpretación que buscan reflejar lo peor de la sociedad, cuales son los males que la aquejan, por qué eso sucede, cual es el pecado de personajes como Iván Ilich.
            Aquí empieza el conflicto, ¿hasta qué punto representa Iván Ilich un estado deficiente de la cultura y la sociedad rusa? Con La muerte de Iván Ilich, el autor se dedica a presentarnos una fotografía casi perfecta de una realidad muy en específica de personajes rusos, tipos sociales como Iván Ilich o incluso, como es de esperarse, de los médicos. Lo que debe llamar la atención de esta correlación es el establecimiento de un juez y un médico al mismo plano de acción laboral, productiva y social: los dos se convierten en burócratas de una enferma maquinaria social.
            La muerte de Iván Ilich es la historia de un juez de origen humilde que en ocasiones puede resultar vulgar y que en realidad es un advenedizo, la historia comienza con su muerte, de entrada nos indican que la historia no tiene un “final feliz” que empieza como suele ser la vida, con la muerte, con una tragedia, es cuando la verdadera faz del hombre se muestra. El narrador nos describe a partir de ese inicio un salto en el tiempo que se remonta a los orígenes del protagonista y busca que el lector comprenda y complete la historia: ¿por qué está muerto Iván Ilich?
            Se describen una cantidad de escenas de la vida cotidiana que reflejan cómo la sociedad rusa pensaba que debería existir. Iván Ilich se convierte en un peón más de un inmenso  y complicado ajedrez social. En la hora de su muerte él contempla esa horrible realidad a los ojos, contempla lo que ha hecho con su vida, en la enfermedad y, con el aire frío de la muerte en la nuca, contempla todo aquello que está mal dentro de la sociedad. Él despilfarró su vida haciendo lo que los demás creían que era lo correcto y nunca hizo nada que lo hiciera real y tangiblemente feliz y todo eso le condujo a quedar postrado en una cama con unos dolores horribles de los que nunca se supo de donde provenían.
            En medio de los dolores de la vida aparece la figura del médico, con diferente nombre, pero resulta ser la misma idea del médico de la época en general. Es un médico que se torna en un completo burócrata, que no siente a sus pacientes, no le interesan en absoluto más que como sujetos productivos que han dejado de serlo. Su única labor es auscultar a ese individuo sin identidad para determinar las causas de sus males, curarlo y que vuelva a ser productivo. Ante la irritabilidad de Iván Ilich su esposa le exige visitar un médico para curarse y una vez estuvo en sus manos esto genera un fuerte resentimiento en la conciencia de Iván Ilich, en efecto fue al médico:

Todo resultó tal y como él esperaba; todo fue tal y como siempre ocurre. La espera, la fingida y doctoral gravedad que tan bien conocía por sí mismo en la Audiencia, las percusiones y auscultaciones, las preguntas que exigen cierto tiempo para ser contestadas y cuyas respuestas son a todas luces inútiles, el imponente aspecto que parecía decir: “Póngase en nuestras manos y lo arreglaremos todo, tenemos la solución indudable de todo, todo se hace de la misma manera, se trate de quien se trate.” Lo mismo, punto por punto, que en la Audiencia. De la misma manera que él procedía con los acusados, procedía con él el famoso doctor. (Tolstoi, 1969. pp. 44-45).

Iván Ilich empieza a reconocer que el problema fundamental de su enfermedad ha trascendido lo netamente biológico, se enfrenta ahora a una nueva forma de padecimiento que él no es capaz de reconocer, no es capaz de nombrarlo pero que está ahí de alguna manera. Es determinante que este tipo de padecimiento haga su aparición precisamente en una época en la que la ciencia médica se estaba dedicando a determinar, o a reconocer, cierto tipo de padecimientos que antes no podrían haber sido reconocidos con eficiencia y que eran frecuentemente confundidos con posesiones demoníacas. Los problemas mentales, la melancolía en todo su esplendor, el gran mal que azota a la modernidad, la falta de empatía o de calidez humana.
Aquí entra otro problema de representación artística: cada época se caracteriza por estar obsesionada con algún tipo de enfermedad o mal que empieza a embestir a la sociedad o la civilización, así fue la peste negra, o incluso la sífilis. Hoy en día es el cáncer o el SIDA. El mundo se ve plagado de neurosis colectiva entorno a ciertos fenómenos que resulta incluso con un tinte un tanto fetichista:

Friedell diagnostica un “clima de decadencia general” en los siglos XIV y XV. […] Paralelamente ve en la época alrededor de 1900 un “período de psicosis endémicas”, y la peste negra se transforma por analogía en la peste de la Primera Guerra Mundial, que destruye la humanidad, solo que parece mucho más artificiosa que la peste a comienzos de la edad moderna.
[…]
Friedell añade que cada época “crea sus propias enfermedades, que pertenecen a su fisionomía del mismo modo que todo lo demás que esta crea: son sus creaciones especificas así como lo son su arte…” (Bongers, 2006. pp. 16-17)

De manera que vemos como toda época tiene sus propias enfermedades típicas y vemos como también estas se ven representadas a través de las distintas formas de manifestación artística.
Podemos poner por caso del romanticismo a Cumbres Borrascosas, una novela particularmente trágica y tenebrosa en la que todo el mundo que pierde su felicidad, o ve coartada por diferentes motivos sus facultades para seguir existiendo, empieza a morir de unas fiebres que no tienen nombre, una enfermedad completamente indeterminada que parece atacar a la víctima no desde lo biológico orgánico sino desde lo psíquico y lo químico. Este es el gran padecimiento que se empieza a manifestar desde el Romanticismo y que se va a ver prolongado acompañado de la masificación del ser netamente productivo y deshumanizado en el Realismo: el pesar, el hastío, la melancolía que  atacan a sus víctimas por igual, pero son víctimas particulares, victimas que se ven  en el colmo de la conciencia filosófica de su lugar en el mundo y de lo mal que están “las cosas”.
Esto es lo que le ocurre a Iván Ilich, se ve complicado por una enfermedad que parece brotar de la nada y que es recogida junto con su implicación en la sociedad. Para la sociedad el hecho de que Iván Ilich esté enfermo implica muchas cosas, implica que sus compañeros inferiores ven una oportunidad para trepar dentro de la burocracia y obtener más dividendos, implica que la maquinaria social solo necesita suplir la falta de una pieza inidentificada con otra, implica incluso que Praskovia Fiódorovna ya no va a tener que preocuparse por un marido que ya no produce absolutamente más nada que un peso muerto en la casa, que debe ser atendido y que solo consume los recursos con los que ellos pudieran llevar una vida más aburguesada.
Iván Ilich en el colmo de su enfermedad y su agonía comienza a contemplar, valiéndose el estado melancólico en el que se encuentra con que todo lo que ha vivido en su vida ha sido una constante mentira, una constante representación, una puesta en escena falaz de gente que ya no siente sino que solamente deambula por la vida siguiendo ciegamente lo que dicta el statu quo. Iván Ilich se encuentra con la mentira:

La mentira, esta mentira de que era objeto en vísperas de su muerte, una mentira que debía reducir el acto solemne y terrible de su muerte al nivel de las visitas, las cortinas, el esturión de la comida… era algo atroz para Iván Ilich. Y, cosa rara, en muchas ocasiones, cuando realizaban con él sus maniobras, estaba a punto de decirles: “No mintáis; sabéis, y yo sé, que me estoy muriendo; dejad de mentir al menos.” Pero nunca tuvo el valor de hacerlo. El acto terrible y espantoso de su agonía (lo veía muy bien) habíase reducido por todos cuantos le rodeaban a una simple molestia, a cierta falta de decoro (como se miraría a la persona que al entrar en un salón despide mal olor), fieles al “decoro” a que él se había subordinado toda su vida; veía que nadie sentía lastima de él, porque nadie quería siquiera comprender su situación. (p.62)

Dando un salto más adelante, incluso podríamos observar como la literatura de nuestros tiempos sigue siendo un lugar desde el cual la enfermedad social se mezcla con padecimientos psíquicos y biológicos orgánicos para crear una nueva complicación de estigmas sociales. Es bastante claro en el Salón de Belleza de Mario Bellatín que la sociedad sigue estando contaminada de procesos de masificación, estigma social y falta de empatía con los individuos que la componen.
El Salón de belleza representa la crítica a una sociedad jerarquizada que juzga todo aquello que es diferente sin motivación ni fundamentos aparentes. Dentro del salón no hay jerarquización, es el sitio que está destinado exclusivamente para dejar salir y ser a la decadencia del cuerpo y de la sociedad misma, sociedad que nace siendo vanidosa pero que ineludiblemente se ve reducida a la decadencia de la descomposición por la que tienen que atravesar todos los cuerpos vivientes, la sociedad es un cuerpo, compuesto de cuerpos más pequeños que se descomponen con ella.
Se intenta dar una imagen de igualdad en la que no importa el papel que ocupa alguien en la sociedad, su destino será el mismo: la muerte y la putrefacción de la materia, eso que hace iguales a todos los hombres. En este punto ya queda solo el cuerpo, la pura corporalidad afectiva del narrador-personaje quien en su transición hacia la muerte, realiza una marcha gloriosamente decadente pues en su traspaso va a encontrar el fin último que había buscado a lo largo de toda su vida. La muerte se torna belleza. Velar por preservar la belleza y por ver la belleza en la muerte es aquello que le produce goce.
Luego, esta idea reflexiva y filosófica entorno a la muerte van a marcar la pauta final de la obra de Tolstoi. El libro empieza postmortem, continúa siendo el relato de una agonía física y moral, para empezar a terminar sus páginas con un despertar de conciencia física y social que Iván Ilich solo logra contemplar ante la presencia de la muerte:

“Me deslizaba cuesta abajo y me imaginaba que iba cuesta arriba. Así fue. En la medida en que, en opinión de la gente, iba en ascenso, la vida se escapaba bajo mis pies… Y ahora estoy listo, ¡puedo morirme!”
“¿Qué quiere decir esto? ¿Para qué? No puede ser. Resulta imposible que la vida sea tan absurda y repulsiva. Y, si es así, ¿para qué morir, y morir entre sufrimientos? Aquí hay algo que marcha mal.”
“¿Es que no he vivido como debiera?”, se le ocurrió. “Pero ¿cómo ha podido ser, si hice todo conforme debía?”, se dijo, y al instante rechazó, como algo totalmente imposible, la única solución de todo el enigma de la vida y la muerte. (p.73)

Al final, Iván Ilich reconoce lo que estuvo mal. Sus últimos días de vida se basaron en una completa preparación personal e individual para el tránsito hacia la muerte, y no solo con eso, en sus últimos días obtuvo el consuelo de su ayuda de cámara, Guerásim, él le dio todo lo que Iván Ilich necesitaba, un ser humano, alguien con empatía por su situación, un figura angelical y única entre toda aquella masa informe de relaciones sociales falsas que se habían tejido a su alrededor. Bajo el cuidado de Guerásim, Iván Ilich consigue contacto y empatía verdaderamente humana. Al punto de que encontraba cierto alivio particular de su agonía cuando pasaba largo tiempo con Guerásim y cuando este tenía contacto físico con él. Adquiría algo entrañable que la nostalgia y la melancolía le hacían extrañar a los sentimientos más primigenios de su ser sin que él, Iván Ilich, siquiera supiera que estaban dentro de él.
Su consuelo fue la paz. Perdió todo miedo a la muerte pues la había reconocido, la había tocado, la había visto a los ojos en sus delirios agónicos. El abandonó este mundo siendo libre en aquel cuarto encerrado, estando a solas solo con sus pensamientos, y en ocasiones con Guerásim, Iván Ilich reconoció lo mal que estaba todo.
Tolstoi nos entrega una visión particular del mundo en el que la única esperanza que se podía contemplar era quizás la muerte. O no tanto la muerte como el arte. Podría incluso decirse que a la vida de Iván Ilich le faltó arte, le faltó subjetividad, le faltó emoción, le faltó reconocer que la sociedad estaba infestada de falsedades que enajenaban y que, hoy en día, siguen enajenando al sujeto de poder contemplar la belleza que se puede obtener del mundo si tan solo prestáramos un poco de atención.
Tolstoi nos ofrece un retrato claro de una sociedad en completa decadencia, que no es capaz de despertar ante la falacia que ha caído, aboga por el contagio de los sentimientos humanos hacia los que son más pobres de espíritu. Ante esto, los sentimientos más primigenios del hombre no puede sino reaccionar, con suerte llegar a filosofar como lo pudo hacer Iván Ilich, reconocer en la sociedad su mal, el mal de la masificación esclavizante de la productividad, el gran mal de la sociedad moderna que lleva a sus individuos a enloquecer. El mal que puede curarse. Pero es un mal que ineludiblemente está asociado con la capacidad de las personas para poder pensarse en el mundo.
Quizás esa melancolía viene por el reconocimiento de la putrefacción y sentirse incapaz de cambiar aquello, dependiendo del lugar del que lo mires puedes intentar ser feliz, viviendo la belleza, buscando la unicidad, riendo o puedes acabar como Iván Ilich: en completa agonía, o como muchos otros que no toleraron tal despertar de la conciencia en el suicidio.


Referencias bibliográficas

Bongers, W., Olbrich, T. (2006). Literatura, cultura, enfermedad. Buenos Aires: Paidós.

Tolstoi, L. (1969). La muerte de Iván Ilich. El Diablo. El padre Sergio. España: Salvat.